Radical en un clásico virtuosismo, la obra poética de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) es coherente y fiel a unos temas que, sin embargo, van ampliándose e impregnándose de nuevos matices según pasan los años, según cambian las vivencias, según llega la odiosa senectud.
La tentación ficcional, de convertir al autor en personaje, es característica de su obra narrativa (el soberbio libro En el invierno romano, en Chicos o Madrid ha muerto) pero igualmente en su obra lírica donde el yo se llena de adherencias culturales, de modos de ser y a su vez deseos cumplidos o incumplidos. Siempre recuerdo el poema “La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena” como uno de los ejemplos señeros de esa poesía autobiográfica distanciada, con las limitaciones que esta terminología tiene.
Decía Umberto Eco (Lector in Fabula) que el texto es “una máquina perezosa que exige del lector un arduo trabajo cooperativo”. En Lujurias y apocalipsis hay algunos poemas que remiten a la memoria personal, a las lujurias íntimas, aunque la mayor parte de los textos invitan al lector a ese pacto cómplice y dificultoso de integrarse en historias no pasadas, no vividas, en toda una sucesión de pequeños apocalipsis que toman a veces la forma de semblanzas, de recreaciones e incluso de ucronías (hechos posibles pero que no han sucedido realmente). En este sentido, y aunque es coherente con su trayectoria anterior, me parece que Lujurias y apocalipsis lejos de ser una continuación de temas y posibilidades ya exploradas en otros libros, constituye un espléndido recinto arqueológico en el que toman voz muchas vidas pasadas a las que el autor actualiza y ficcionaliza a su antojo. Veamos el comienzo y cierre de este libro: “Emmy Hennings: un crepúsculo” y “Don Juan Manuel viaja a Nishapur”. Gusta mucho Villena de la conversación en los poemas, del diálogo inventado y encuentra en la conocida poetisa del Cabaret Voltaire, fallecida en 1948, unos años después del segundo gran apocalipsis del siglo, una interlocutora ideal para la línea argumental del poemario: “Somos cenizas en vientos salvajes”. Más fantasioso pero no menos sugerente es el largo texto, casi un poema en prosa, dedicado al autor del Conde Lucanor a quien Villena pone rumbo a oriente, quizá como destino imposible de la vida, como metáfora máxima de lo que hemos venido a hacer y nunca llegaremos a alcanzar. Hay en este poema, como en todo el libro, momentos bellísimos: “Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura” (página 94).
Tiende, en efecto, Luis Antonio de Villena al verso largo, al poema en prosa, que es más proclive, como sabía Rubén Darío, al ritmo lento y a la melancolía. Algunos de los textos son en lo formal herederos de los Cantos de Pound en cuanto a su riqueza acentual o la perfección en los encabalgamientos, a veces imposibles: “con las amarillentas / hojas de los libros casi retorcidas por salitre y humedad. Volviendo / a leer su primer libro (…)” (en el poema dedicado a Eliseo Diego). Y tiende inevitablemente al juego de los tiempos verbales, a la superposición de momentos y espacios que van fundiéndose con una majestuosidad conmovedora: “Yo fui y no soy el infelice palabrador Cetina”; Casanova lamentándose como Quevedo en “soy un fue, un será y un es cansado”, la nostalgia esplendorosa de Tánger: “y la sensación de que nunca moriré del todo, porque fui feliz allí”.
En este apocalipsis quedan las cenizas de la fiesta, de la lujuria, de la alta cultura. No es la indefinición de Cavafis frente a los bárbaros, porque estos ya están aquí. Es un mundo perdido sobre el que Villena se relame nostálgico tomando como guías a sus alter ego, a sus semejantes. “El mundo es miserable y pútrido”, un fin de imperio, un eclipse de la belleza conocida. ¿Sabremos sobrevivir sin ese brillo? ¿Será verdad, Luis Antonio de Villena, que ya están aquí los bárbaros? Y cierto es que será terrible la caída pero quedará este libro para gozar de lo perdido.
David Ferrer.