LA PRIORÍA

literaria

PÁGINA DE AUTOR: LUIS ANTONIO DE VILLENA

POESÍA

Miserable

vejez 

Luis Antonio de Villena

ENVEJECER, MORIR


LUIS ANTONIO DE VILLENA
Miserable vejez.
Visor poesía, 2025. 12 euros

De manera simbólica, tiene el nuevo libro de poemas de Luis Antonio de Villena un postfacio en lugar de un prólogo. Y es que la idea sobre la que gira el libro se ha tratado a menudo metafóricamente como un “arrabal de senectud”, unos “ríos que van a dar a la mar” o un “postrero puerto”, sin olvidar ejemplos más recientes como el “argumento de la obra” de Gil de Biedma o “la última costa” de Brines. Esta temática de la “última vuelta del camino” se explica muy bien en este texto final, que es verdaderamente sobresaliente como compendio y argumentación, por lo que no estaría de más que los lectores comenzaran por ese final en el que se declara sin ambages que “amo la juventud y detesto la vejez, ni bella ni noble ni sagrada”.

 Pero antes de este postfacio magistral, Miserable vejez agrupa casi cincuenta poemas donde no todo es miseria ni arrepentimiento. Hay también cántico, celebración y lectura. De alguna manera, todo lector es un viejo que vuelve hacia sus espacios perdidos, sus querencias y sus mitos y es en esta presentación de retratos y situaciones donde Villena consigue su mayor logro con una serie de poemas que van a integrarse dentro de lo mejor de su producción, que no es poca a estas alturas.

La antítesis fulgor juvenil - melancolía de la vejez no es nueva en Luis Antonio de Villena. Conecta muy bien este nuevo libro con algunos de los clásicos del autor. En La muerte únicamente, uno de mis libros preferidos, afirmaba: “el loco amor, tan sólo el loco amor mi juventud lo salva”. En el nuevo libro no solo se constata lo lóbrego sino también los chispazos de juventud que debería ser eterna: “Aunque sea mentira, jamás se volverán ancianos, jamás / tendrán canas ni achaques oscuros. / Ellos matan la juventud de golpe”. 
 Son impresionantes los finales de muchos de estos poemas, como lo es la temática, en cierto modo deudora de Jaime Gil de Biedma, cuya cita célebre principia el libro, sobre la mentira de la vida y su teatralidad. Luis Antonio de Villena es, como señalábamos antes, un maestro del retrato poético, lo que entronca a nuestro autor con una tradición que viene del renacimiento y llega al genial Manuel Machado. Impresionante el poema “Leonor en Frías”, de corte historicista, sin olvidar otros donde el personaje anónimo deviene símbolo de una decadencia. Leemos, por ejemplo, en “La marquesa”: “Ella observa todo con altiva resignación, como si aceptara / que todo pasó pero debe defender los últimos estandartes. / Las nieves de antaño son imposibles cuando apenas nieva”.


 La madurez, la vejez tiene innumerables y absurdas nomenclaturas hoy en día: “viajes para jóvenes mayores”, hemos llegado a leer en una propaganda del Imserso. Se intenta dulcificar, remediar, ocultar en un mundo de influencers donde no cabe un solo atisbo de dolor. El título de este libro, no muy poético pero sí muy eficaz, no debe ocultar un discurso verdaderamente coherente con la trayectoria de su autor, además de valiente, y, por otra parte, que en realidad nos encontramos ante uno de los mejores libros de poemas de los últimos años. Y escrito pasados los setenta: ahí queda eso.


David Ferrer. / davidferrer@arboladura.es

LUIS ANTONIO DE VILLENA, ÁVILA MARTES 29 DE ABRIL DE 2025

Lujurias

Apocalipsis

Luis Antonio de Villena

¿ES CIERTO, LUIS ANTONIO, QUE VIENEN LOS BÁRBAROS?

“Creo que me sonrió en el comedor / una noche. Los ángeles hicieron sonar / campanas. Nada y todo. La vida, inexplicable”

LUIS ANTONIO DE VILLENA
Lujurias y apocalipsis
Visor poesía, 2022. 12 euros

Radical en un clásico virtuosismo, la obra poética de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) es coherente y fiel a unos temas que, sin embargo, van ampliándose e impregnándose de nuevos matices según pasan los años, según cambian las vivencias, según llega la odiosa senectud.
La tentación ficcional, de convertir al autor en personaje, es característica de su obra narrativa (el soberbio libro En el invierno romano, en Chicos o Madrid ha muerto) pero igualmente en su obra lírica donde el yo se llena de adherencias culturales, de modos de ser y a su vez deseos cumplidos o incumplidos. Siempre recuerdo el poema “La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena” como uno de los ejemplos señeros de esa poesía autobiográfica distanciada, con las limitaciones que esta terminología tiene. 


Decía Umberto Eco (Lector in Fabula) que el texto es “una máquina perezosa que exige del lector un arduo trabajo cooperativo”. En Lujurias y apocalipsis hay algunos poemas que remiten a la memoria personal, a las lujurias íntimas, aunque la mayor parte de los textos invitan al lector a ese pacto cómplice y dificultoso de integrarse en historias no pasadas, no vividas, en toda una sucesión de pequeños apocalipsis que toman a veces la forma de semblanzas, de recreaciones e incluso de ucronías (hechos posibles pero que no han sucedido realmente). En este sentido, y aunque es coherente con su trayectoria anterior, me parece que Lujurias y apocalipsis lejos de ser una continuación de temas y posibilidades ya exploradas en otros libros, constituye un espléndido recinto arqueológico en el que toman voz muchas vidas pasadas a las que el autor actualiza y ficcionaliza a su antojo. Veamos el comienzo y cierre de este libro: “Emmy Hennings: un crepúsculo” y “Don Juan Manuel viaja a Nishapur”. Gusta mucho Villena de la conversación en los poemas, del diálogo inventado y encuentra en la conocida poetisa del Cabaret Voltaire, fallecida en 1948, unos años después del segundo gran apocalipsis del siglo, una interlocutora ideal para la línea argumental del poemario: “Somos cenizas en vientos salvajes”. Más fantasioso pero no menos sugerente es el largo texto, casi un poema en prosa, dedicado al autor del Conde Lucanor a quien Villena pone rumbo a oriente, quizá como destino imposible de la vida, como metáfora máxima de lo que hemos venido a hacer y nunca llegaremos a alcanzar. Hay en este poema, como en todo el libro, momentos bellísimos: “Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura” (página 94).
 Tiende, en efecto, Luis Antonio de Villena al verso largo, al poema en prosa, que es más proclive, como sabía Rubén Darío, al ritmo lento y a la melancolía. Algunos de los textos son en lo formal herederos de los Cantos de Pound en cuanto a su riqueza acentual o la perfección en los encabalgamientos, a veces imposibles: “con las amarillentas / hojas de los libros casi retorcidas por salitre y humedad. Volviendo / a leer su primer libro (…)” (en el poema dedicado a Eliseo Diego). Y tiende inevitablemente al juego de los tiempos verbales, a la superposición de momentos y espacios que van fundiéndose con una majestuosidad conmovedora: “Yo fui y no soy el infelice palabrador Cetina”; Casanova lamentándose como Quevedo en “soy un fue, un será y un es cansado”, la nostalgia esplendorosa de Tánger: “y la sensación de que nunca moriré del todo, porque fui feliz allí”.


 En este apocalipsis quedan las cenizas de la fiesta, de la lujuria, de la alta cultura. No es la indefinición de Cavafis frente a los bárbaros, porque estos ya están aquí. Es un mundo perdido sobre el que Villena se relame nostálgico tomando como guías a sus alter ego, a sus semejantes. “El mundo es miserable y pútrido”, un fin de imperio, un eclipse de la belleza conocida. ¿Sabremos sobrevivir sin ese brillo? ¿Será verdad, Luis Antonio de Villena, que ya están aquí los bárbaros? Y cierto es que será terrible la caída pero quedará este libro para gozar de lo perdido.


David Ferrer. 

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